Cómo mejorar la sociedad desde la familia
Autor: María Dolores Dimier de Vicente
Es la familia, la célula nuclear de la sociedad. Es una institución natural, ámbito más adecuado en el que la persona nace (por lo tanto tiene un derecho a la vida material y espiritual), se desarrolla (derecho a la educación para alcanzar su plenitud personal) y muere (derecho a completar, en las mejores condiciones, toda la dimensión de su existencia). Por ello, es que en el seno familiar se “es persona”, reconocida como tal no sólo por ser aceptada sin condicionamientos por lo que es en su esencia - acogida y respetada - como ser único e irrepetible, sino que también es allí dónde la persona descubre su identidad y su misión de “ser lo que está invitada a ser”, pudiendo sacar a la luz, todas sus potencialidades: desde una intimidad que corresponde a su dignidad, donde se forja la identidad personal.
El ser humano debe construir esta identidad, para encontrar su lugar comprometido en la sociedad y afianzarse. Por todo esto es que se puede re-afirmar, que la familia “no es una obra de la sociedad” sino una institución humana natural.
Además, el ser humano es un ser dialógico y social por naturaleza, que crece y se desarrolla en relación con el otro. En el seno familiar, la persona comienza a desplegar sus capacidades de socialización. Por lo tanto la familia deberá asumir su responsabilidad como principal ámbito social de aprendizaje para la convivencia y deberá desarrollar en sus miembros aquellas capacidades que le permitan construir junto a otros, comunidades dignas del ser humano. Al profundizar en estos conceptos, se puede afirmar que en ella se hallan valores poco explorados, que como tales muestran a la persona como un ser relacional, capaz de vivenciarse como único y diferente al otro y pasible a formar “un nosotros” para que desde allí, permita a la persona alcanzar su plenitud humana.
El niño nace con tendencias opuestas a la vida social, que no desaparecen espontáneamente sino que necesita de un proceso intencional (no casual), donde se aprendan normas, roles, jerarquías y funciones que luego se replicarán en los diferentes ámbitos sociales o institucionales. Promovido en un principio en la familia y por el centro educativo en su acción subsidiaria, generará en el niño o el joven, una segunda naturaleza que permite el auto-control, la capacidad de comprensión y finalmente, la cooperación por los demás, plataforma de la inserción social. La ignorancia de estas funciones ineludibles, generan un vacío educativo.
La familia tiene una misión insustituible de promover personas responsables al servicio de la sociedad. Como primer escuela de virtudes humanas transforma a una “sociedad despersonalizada” en una “sociedad educativa y humanizada”. De ahí la influencia que tendrá en la sociedad, ya que la mejora personal trascenderá a la mejora social, en el entorno en que esté inserta. Además coopera con el bien común sobre cuatro fundamentos básicos para la convivencia: la verdad, la justicia, la caridad y la libertad que promueven la aportación cultural: unión moral y establecimiento del pluralismo.
Y si bien, la familia ha de ser protagonista en la sociedad, se debe considerar que también necesita de esa vida social. A su vez, la sociedad en su conjunto debería generar los recursos que permitan el bienestar de la familia y la igualdad de oportunidades en educación y salud desde las políticas públicas (principio de subsidiaridad). En este camino de doble vía, donde familia y la sociedad se estimulan, se influyen y se promueven mutuamente, hay un compromiso imprescindible: la responsabilidad social. Por todo esto, es que la familia ha de ser prestigiada ante la sociedad y mejorando la familia, mejoramos la sociedad.
No cabe duda que para lograrlo, la familia debe ser conciente de los valores que busca preservar y vivir en la cotidianeidad de su vida, evitando dejarse influenciar por aquello que le presenta una sociedad post-moderna.
Un estilo de vida donde cuesta lo de “todos los días”, donde se vive lo fugaz, lo reciclable, lo recargable, lo descartable. Donde se rinde culto a la imagen y como prueba de ello se trata también de “llegar a viejos sin envejecer”. De este modo prevalece lo superficial, lo irracional, lo transitorio, confundiendo en general, la apariencia con la esencia, y así percibimos como adecuando el modo de pensar, se conforma la manera de actuar o de comportarse. De este modo, el pensamiento humano es sustituido por slogans, promoviendo una incoherencia adulta y por lo tanto, acarreando la falta de modelos de autoridad moral: ausencia de ejemplos de vida para los más jóvenes.
Desde esta perspectiva social, el gran protagonista en la dimensión de la existencia humana es el presente, al que se le rinde culto por ser el actor permanente de la propia vida.
Una sociedad donde se convive en el analfabetismo moral y la anomia social trae como consecuencia una visión negativa de la autoridad, de la regla o de los criterios. Ante la falta de normas claras, “todo es relativo”, “todo vale”, por lo tanto, “todo es discutible” y “todo se tolera”, generando un profundo descreimiento en las nuevas generaciones. Si “todo se tolera”, “todo se permite”. Si “todo se permite”, todo lo que se quiere, es aquello que me da placer, lo que tengo ganas ya. El protagonismo del “aquí y ahora”, como un desafío a la cantidad y a la inmediatez, bases de la insaciabilidad y de la insatisfacción.
En la era de la comunicación, gracias a los mayores avances de los medios, en cuanto a extensión y rapidez, contradictoriamente acarrea un vínculo personal de comunicación superficial: se transmite lo que se informa o se piensa, sin cabida para los valores, las creencias o los ideales que necesitan ser sustentados sobre una base de contenido profundo.
Es el desafío que tenemos quienes conformamos esta sociedad: dar una respuesta a estos planteos sociales que confunden el verdadero protagonismo de la familia en la sociedad.
Indudablemente son los padres la base de la estructura preventiva, y necesitan estar capacitados para “hacerse cargo” de la situación y no delegar responsabilidades. Implica tener una mirada adulta, ya que bajo una perspectiva permisiva social, nuestros niños y adolescentes quedan abandonados y expuestos, sumado a una falta de presencia de modelos adultos referentes.
La responsabilidad de los padres en la prevención apunta a no dejarse sobrepasar por los problemas ni bajar los brazos ante el esfuerzo, ya que sin una forma comprometida de vida es muy difícil considerar el ejercicio de una libertad responsable, que promueva la búsqueda de respuestas a una situación difícil de resolver, pero no imposible.
Como padres aspiramos a darles a nuestros hijos lo que no tuvimos, muchas veces, privándolos de lo que tuvimos: la calidez de un hogar.
Se trata también de fortalecer a la comunidad joven ya que es una etapa especialmente abrumada por la falta de proyectos, por las bajas perspectivas personales relacionadas con el esfuerzo y la auto-disciplina en el estudio y la dificultad de encontrar una salida laboral. Si bien es la edad de los grandes ideales, se debería dotar a los jóvenes de un pensamiento crítico que les permita salir del conformismo, del presentismo y de la desesperanza.
La preparación para la vida social comienza con la participación en la vida familiar: no como un mero “convivir” visto como una “co-existencia pacífica”, sino un vivir “con” y “para” los demás. Los medios educativos que preparan para el compromiso ciudadano, son los encargos familiares, en los que desde pequeños, se practican y conocen sus derechos, como también sus deberes respecto a la construcción de una vida social. Es enseñar al niño que él es el autor de su propia conducta, por lo tanto también será suyo en lo que derive su actuación. Por ello, debe responder por lo que hace, por lo que elige y a asumir las consecuencias. El ser humano realiza de modo responsable distintas funciones, adecuando su conducta a normas que hace posible una vida más perfecta. Este estilo familiar, requiere de “armonía”, que no es fácil de lograr ya que exige esfuerzo personal para tener una mejor actitud en la convivencia, para ajustar las diferencias personales que requieran de grandes dosis de comprensión, aceptación y tolerancia. Lo que será un niño o joven en la vida adulta dependerá en gran medida de lo que ha sido en su vida pre-adulta porque existirá una continuidad entre su infancia, adolescencia y juventud, encaminados hacia la madurez.
En cada uno de los diferentes roles en los que se desempeña la persona (hijo, hermano, amigo, estudiante, padre, trabajador, ciudadano) debe primar un actor que responda de manera estable, única, idéntica y permanente en cada circunstancia. Actualmente uno de los temas más importantes a resolver por el hombre, es aquel en el que el personaje domina al actor, produciendo una vida a piezas, disociada o fragmentada. Se suma a esto, que existe una tendencia en la que “cada uno está en lo suyo”, sacrificando la vida familiar por la extra-familiar. La presión de la vida laboral moderna empuja fuera de la casa y a espaldas de la familia.
Familia y sociedad se implican mutuamente. Una sociedad no se comprende a espaldas de la familia, pero tampoco se comprende una familia sin una sociedad para insertarse. Las necesidades humanas no se satisfacen por completo dentro de la familia sino que requiere de una proyección social. El ser humano por ser su naturaleza de apertura influye en la mejora o desmejora de la sociedad.
Los padres no sólo son los principales responsables para que sus hijos logren las mejores condiciones para adaptarse a la vida social sino también para lograr que estos niños de hoy sean protagonistas del mañana, ya que este aprendizaje se da en el seno familiar. Implica incorporarlos al modo de vida adulto, que conozcan los valores y las formas de relación humana para superar las tendencias anti-sociales (agresividad, egoísmo), desarrollar los sentimientos sociales positivos (altruismo, benevolencia), desarrollar el sentido social (la preocupación por lo demás), desarrollar la responsabilidad social (cumplir con los deberes y responsabilidades, respeto por los derechos de los demás), educar en el civismo (el bien común, los deberes cívicos), para abrirse a la personas para servirlas por medio de virtudes sociales tales como la solidaridad, la justicia, la lealtad, el respeto y el patriotismo.
Todo ello permitirá alcanzar una sociedad más humanizada, promoviendo la mejora familiar y en esa retroalimentación permanente, una mejora social. Este protagonismo familiar es fundamental.
Fuente: Instituto de Ciencias Para la Familia (Newsletters Padres e Hijos)
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