El Cuarto, Honrar Padre y Madre
Por Enrique Monasterio
Me piden un artículo sobre el cuarto mandamiento de la ley de Dios, y antes de ponerme frente al ordenador se me ocurre hacer un pequeño sondeo entre el grupo de universitarios que trato habitualmente. Todos ellos, chicos y chicas, son estudiantes de los primeros cursos de Derecho en Madrid. La mayoría se confiesan cristianos y no rehúyen el despacho del capellán. Probablemente la encuesta no haya sido muy rigurosa ni científica, pero los resultados se me antojan bastante significativos.
El sondeo consta de una sola pregunta:
—“¿Sabes cuál es el cuarto mandamiento del decálogo?”
—¿El cuarto mandamiento…? —Jaime pone cara de perplejidad—. No sé. Los mandamientos son sólo dos, ¿no?
De los dieciséis encuestados, Jaime y otros cinco reconocen no tener ni idea; dos responden que sí, que lo saben, pero, por si acaso, no quieren hacerme partícipe de sus conocimientos; uno pregunta qué significa “decálogo”, cinco contestan correctamente, y los dos restantes se equivocan de mandamiento por muy poco: dicen que “santificar las fiestas”.
Supongo que a casi nadie sorprenderá la enciclopédica ignorancia de mis cultos amigos. Francamente, yo temía que los resultados aún fueran peores, ya que no es razonable esperar que los chicos recuerden algo que quizá aprendieron de memoria hace diez o doce años y que nunca nadie les ha recordado después, ni la familia, ni el colegio ni la tele.
Por eso más que su ignorancia, ahora me inquieta saber qué sentido tendrá para los chavales la vieja formulación de este mandamiento de la ley de Dios que San Josemaría Escrivá llamó “el dulcísimo precepto”.
Por un momento he sentido la tentación de hacer una segunda encuesta. Luego he pensado que era mejor dejarlo para otro día. Si entrásemos a fondo en el tema, tal vez alguno me preguntase qué significa “honrar”, y a qué tipo de padre o madre se refiere la Biblia, ya que últimamente las cosas se han complicado mucho.
Una cultura muy poco familiar.
Como es sabido, por razones históricas, políticas y filosóficas que sería largo detallar, el siglo XXI ha comenzado en occidente a la sombra de una cultura radicalmente individualista. La ideología dominante ha abandonado hace mucho la idea de que la familia sea la primera célula social, como tradicionalmente solía decirse y aún repite incansable el Magisterio de la Iglesia. Para la modernidad, la única célula, el único punto de referencia es, a todos los efectos, el individuo emancipado, libre y autónomo, solo, sin más ataduras que las que él mismo haya elegido. El individuo, en efecto, designa a sus gobernantes (un hombre, un voto); él debe resolver sus problemas a solas (“ese es tu problema, chico”, que dicen los americanos acentuando el tú como si fuera un pronombre); él define su ética, su moral y su modo de vida; el “inventa” su patria, su sexualidad, su familia, su matrimonio…
Con este planteamiento es lógico que las instituciones “naturales” —aquellas que, según la filosofía tradicional, derivan de la propia naturaleza humana— vayan perdiendo relevancia social y jurídica en beneficio de otras instituciones que deberíamos denominar “artificiales” o “convencionales”, por haber nacido de la voluntad autónoma, más o menos caprichosa o razonable, de los hombres.
Es ésta una mentalidad que va abriéndose paso poco a poco, y afecta, como no podía ser de otro modo, a la forma de entender la familia y, por supuesto, a la legislación sobre el matrimonio. En Europa ha comenzado la lucha hace ya muchos años. En España, está en pleno apogeo.
De una parte, aquellos que creen en la existencia de un orden ético natural (principalmente los cristianos, pero no sólo ellos), exigen a los poderes públicos que reconozcan el matrimonio, con sus características esenciales, como lo que es: una institución natural, básica para el buen funcionamiento de la entera sociedad, y anterior, por supuesto, a la existencia misma del Estado. De otra parte, desde una mentalidad individualista y relativista, se reivindica el presunto derecho de los individuos a inventar nuevos “matrimonios”, quiero decir a confeccionarlos a la carta.
Llevando este criterio hasta sus últimas consecuencias, cualquier tipo de unión, por muy insólita y extravagante que pudiera parecer —ya sea homosexual o heterosexual, monógama, polígama o poliándrica— debería gozar del mismo tratamiento jurídico y de la misma consideración social que los matrimonios tradicionales.
Y lo que se dice del matrimonio, vale también para el entero núcleo familiar. Surgen nuevos “modelos de familia” —así los llaman, aunque de modelo tengan poco— y nuevas relaciones de afecto y dependencia, en las que lo de menos son los vínculos de sangre: ya que “el amor —lo escribía no hace mucho un conocido columnista rosa-amarillento con la cursilería propia del género— no de-pende de la sangre, ni puede imponerse por ley. Nada más espontáneo que el amor. Dejémoslo pues que crezca en libertad, sin envolverlo entre papeles ni certificados”.
Pido perdón por la cita. A veces uno no sabe por qué toma nota de las bobadas que lee. Quizá lo mejor sea guardar un pudoroso silencio y poner punto y aparte…,
La dimisión de la familia
En medio de todo este debate, ¿dónde situamos el cuarto mandamiento del decálogo? Es evidente que el precepto de honrar a los padres se basa en una relación natural: el amor paterno o materno no se elige; se acepta con agradecimiento, sin esfuerzo, y nada más fácil, en principio, que corresponder a él. Lo insólito es precisamente rechazarlo. Un hijo que no ama a sus padres va contra la naturaleza: es —así se ha llamado siempre— un hijo “desnaturalizado”.
Sin embargo, todo esto parece estar en crisis. No cabe duda de que la mentalidad individualista y la consiguiente crisis de muchas familias empieza a complicar las cosas.
Hace un par de meses, en un congreso sobre la familia, su secretario general habló de “la familia nominal”. Se refería a aquellas familias —si no recuerdo mal casi el cuarenta por ciento del total— que parecen haber dimitido de su tarea primordial de educar a los hijos, de transmitir unos valores y un estilo de vida, o han delegado por completo esa función en el colegio y en la tele. Se trata de familias sin problemas aparentes, en las que ya no existen conflictos generacionales, porque nadie interfiere en la vida de los otros. Los hijos viven a su aire, crecen con el alma a la intemperie, tienen su horario propio y una llave para regresar a casa. Como la prole suele ser reducida, tampoco hay excesivos problemas económicos. La nevera y el televisor centran la vida del hogar: la primera, para comer sin horario y a la carta; el segundo, para dialogar lo menos posible y eludir los conflictos.
No quisiera hacer una caricatura ni cargar las tintas: muchas de esas familias (en otra ocasión las llamé familias light) son encantadoras. Los padres dirán que sus hijos son estupendos: cariñosos, limpios y tan aficionados al hogar que no se despegan de casa ni con agua caliente.
Además aseguran los sociólogos que la mayor parte de los jóvenes —de esos jóvenes— se encuentran muy satisfechos con sus familias, mucho más que hace cuarenta años, cuando los adolescentes soñábamos con emanciparnos lo antes posible, e incluso nos fugábamos de casa alguna que otra vez, hartos de soportar las exigencias y reprimendas paternas.
Sin embargo ni aquel afán de independencia era tan malo ni el excesivo apegamiento al hogar tan estupendo. No es buen síntoma que los hijos se resistan a independizarse. Significa únicamente que la batalla generacional ha sido vencida por los más jóvenes, y su hogar ya no es un lugar de formación y una escuela de virtudes con una autoridad, un horario y un amor recio y exigente: sobre las ruinas de la familia han levantado un hotel de dos, tres o cinco estrellas según los casos.
Hace muchos años una niña de quince años, rica, rubia y superprotegida, me dijo con una frialdad glacial que nunca olvidaré:
—Mi padre no me quiere: le da igual que llegue pronto o tarde. Los viernes me da la paga, y ya está.
El padre tirano, el padre amigo y el padre amiguete.
De todas formas las cosas no siempre son así. También es corriente oír a algún padre una afirmación semejante a ésta: “yo soy el mejor amigo de mi hijo”. Y generalmente se muestra razonablemente orgulloso de haberlo conseguido.
Por supuesto, no seré yo quien ponga objeciones a una relación aparentemente tan positiva, pero tengo la sospecha de que, en algunos casos, ese tipo de amistad se relaciona directamente con la “dimisión de la familia” de que hablábamos antes.
Ser padre y ejercer como tal es complicado. Últimamente más, ya que la autoridad, que en otros tiempos se daba por supuesta, ahora hay que ganársela día a día. Los adolescentes, por razones ambientales que sería ocioso detallar, salen bastante más respondones que antaño.
En esta situación, los padres tienen cuatro posibilidades:
1. La primera, la más cómoda y también la más estúpida, es la dimisión pura y simple: conformarse con imponer en casa unas pocas normas de orden público y que el colegio se ocupe del resto. Eso sí: que el niño apruebe como sea para que no nos estropee las vacaciones.
2. La segunda consiste en fortificar la familia, hacer una barricada y ejercer la autoridad por encima de todo, contra viento y marea, con un reglamento lleno de noes y de imposiciones. Ni que decir tiene que el sistema no sirve. También es cierto que ya casi nadie se empeña ya en practicarlo.
3. Hacerse amigo de los chicos es la tercera posibilidad. Se trata de esforzarse por romper barreras y tender puentes. Es intentar conocer a cada uno, escucharlos de verdad y también darse a conocer, sin miedo a abrir algún armario de la propia intimidad. En esa tarea sí que vale la pena poner todo el empeño del mundo; pero sin olvidar jamás que los padres deben ante todo padres. También amigos, desde luego; pero nunca amiguetes o colegas de la tribu.
4. Ésta es en efecto la cuarta alternativa, tan errónea como la primera y no tan insólita como podría parecer: en los últimos años empieza a proliferar la figura un tanto ridícula del padre dimitido, que ha decidido integrarse en el clan del niño: es el papá “compa”, “colegui” y hasta cómplice según en qué cosas. Este tipo de actitudes se da sobre todo en matrimonios rotos y más entre los varones que entre las mujeres. Se conoce que los hombres estamos más capacitados para hacer el ridículo.
—Mi padre es genial —me contaba hace meses una chica de dieciocho años—. Muchos viernes salimos juntos y liga más que yo.
No quise profundizar en este último aspecto de la cuestión.
Honrar a los padres, honrar a los hijos
Al llegar a este punto, ya estamos en condiciones de recordar el sentido del cuarto mandamiento a la luz del Magisterio de la Iglesia.
Juan Pablo II en su Carta a las familias , de 1994, dedica todo un capítulo a esta cuestión, y ya desde el comienzo explica que el precepto de honrar a los padres es mucho más que una gratuita imposición divina: la ley de Dios no sólo es norma, también es revelación, y detrás de ese mandato hay un mensaje, una auténtica definición de la institución familiar.
Para expresar la comunión entre generaciones —dice el Santo Padre—, el divino Legislador no encontró palabra más apropiada que ésta: «Honra…» (Ex 20, 12). Estamos ante otro modo de expresar lo que es la familia.
El Papa hace notar que este mandamiento sigue a los tres preceptos fundamentales que atañen a la relación del hombre con Dios:
Y es significativo que el cuarto mandamiento se inserte precisamente en este contexto. «Honra a tu padre y a tu madre», de modo que ellos sean para ti los representantes de Dios, quienes te han dado la vida y te han introducido en la existencia humana: en una estirpe, nación y cultura. Después de Dios son ellos tus primeros bienhechores. Si Dios es el único bueno, más aún, el Bien mismo, los padres participan singularmente de esta bondad suprema. Por tanto: ¡honra a tus padres! Hay aquí una cierta analogía con el culto debido a Dios.
Hay en estas palabras una referencia implícita a San Pablo, quien en la Epístola a los Efesios afirma que toda paternidad en el Cielo y en la tierra procede de Dios mismo. El Papa expone y desarrolla esta idea, y nos recuerda que la familia no es un invento humano, sino una huella de la Santísima Trinidad en el mundo; un “ecosistema” de amor reflejo del que se da en el seno de la tres divinas Personas. En ese ámbito de afecto y de entrega el hombre se siente acogido y puede crecer y madurar en libertad.
Ya estamos en el centro del Misterio: ser padre —o madre— es algo divino; es representar a Dios, hacer sus veces. De ahí que el cuarto mandamiento obligue en primer lugar a los ellos. Los padres, en efecto, deben esforzarse por ser signos sensibles de ese amor de Dios. Tienen que querer a sus hijos como el mismo Señor los ama: con un amor entregado, exigente, generoso.
Habla Juan Pablo II de “honrar a los hijos”. De esto se trata: cuando se les ama con un amor apasionado, pero desprendido; cuando se busca su bien espiritual antes que el material y se les mira como a hijos de Dios llamados a la santidad, se les está “honrando”, se les reconoce toda su dignidad humana y cristiana y se les enseña a valorarla y a vivir conforme a ella.
Padres —parece recordarles el precepto divino—, actuad de modo que vuestro comportamiento merezca la honra (y el amor) por parte de vuestros hijos! ¡No dejéis caer en un «vacío moral» la exigencia divina de honra para vosotros! En definitiva, se trata pues de una honra recíproca. El mandamiento «honra a tu padre y a tu madre» dice indirectamente a los padres: Honrad a vuestros hijos e hijas. Lo merecen porque existen, porque son lo que son: esto es válido desde el primer momento de su concepción. Así, este mandamiento, expresando el vínculo íntimo de la familia, manifiesta el fundamento de su cohesión interior.
Así se entiende muy bien que el decálogo no mande a los hijos sólo que amen a sus padres. Ese cariño se da por supuesto. Les invita a “honrarlos”, es decir a situarlos en el lugar que, por designio de Dios, les corresponde. No quiere que les pongamos un falso pedestal, sino que veamos en ellos el rostro, el cariño y la mirada del mismo Dios.
Luego, será estupendo procurar que padres e hijos sean amigos fieles toda la vida; pero sin olvidar esta otra relación mucho más honda, que nunca termina: ni con la emancipación de los hijos ni con la muerte.
Terminemos con una afirmación de Juan Pablo II:
En el rostro de toda madre se puede captar un reflejo de la dulzura, de la intuición, de la generosidad de María. Honrando a vuestra madre, honraréis también a la que, siendo Madre de Cristo, es igualmente Madre de cada uno de nosotros.
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