Hay que poner los cinco sentidos

Artículo de foco familiar

Por Guillermo Fraile

Me recordaban, hace pocos días, la histórica frase del presidente Kennedy al pueblo norteamericano: en lugar de pensar lo que el país puede hacer por nosotros, pensemos lo que nosotros podemos hacer por nuestro país. Todo un desafío que abarca el espectro más amplio de nuestras cosas.

La respuesta me surgió espontánea, de un consejo recibido hace tiempo por parte de una persona muy querida, que nunca dejaré de recordar: “Haz lo que debes y trata de estar en lo que haces”.

Creo que no podría señalarse nada más actual, para nosotros, los argentinos.

Entre tantas cosas que uno debe hacer, pensé en mi función de padre de familia, y quisiera compartir estas ideas que me ayudan a poner un norte para cumplir con esa segunda parte del mandato, consistente en “estar en lo que hago”: cómo transmitir en casa los valores tan necesarios que demanda nuestra sociedad.

Es por eso que no tengo dudas en afirmar que para educar, hay que poner los cinco sentidos.

Como primera aproximación, pienso en la necesidad de hacer un mayor uso, por ejemplo, del sentido del oído, cuando un hijo adolescente, y no tan adolescente, demanda tiempo para ser escuchado; o un mayor uso del sentido de la vista, para poder estar atentos, por ejemplo, a las cosas que se muestran por televisión, el más impertinente de los aparatos electrodomésticos, y que tanto daño puede hacerles a los niños -y no tan niños- desordenando la intimidad familiar; o el sentido del olfato, que nos puede ayudar a descubrir las inquietudes y preocupaciones de nuestros hijos (este sentido, en general, las madres lo han desarrollado mejor que nosotros); o el sentido del tacto, para dar una caricia en el momento oportuno, que tanto puede significar para quien la espera; o el sentido del gusto, para incorporar en los nuestros el afán de descubrir la belleza de las cosas.

Pero, en realidad, no me refería a estos sentidos, a los que hay que tener presentes como criterios vectores en la educación de nuestros hijos, puesto que son fundamentales para una relación directa con la realidad.

Primero, la misión.

Me refería especialmente a otra serie de sentidos, que quería compartir en este artículo. Debemos ser conscientes a cada instante, ¡vaya desafío!, que nuestra misión como padres es hacer que nuestros hijos aprendan a ser personas felices, útiles a la sociedad, a hacer el bien, y procuren vivir en forma coherente con los valores que les hemos inculcado.

Esta es una misión indelegable que, al no haberla intentado, pesará sobre nuestras conciencias. Nuestra misión deberá ser el prisma por el que miramos todos nuestros actos.

El segundo sentido que propongo en esta serie es el de la responsabilidad.

Lo que no hagamos nosotros, no lo hará nadie. Como padres, somos irreemplazables. Nuestro tiempo para con los hijos es único y prioritario. Lo apasionante del trato humano en el aprendizaje es la mejora permanente con que se pueden beneficiar las partes interesadas. No sólo los hijos aprenden de un padre que los educa. Los padres también viven un proceso de aprendizaje que los hace mejores. Por este motivo no debemos delegar, consciente o inconscientemente, estas responsabilidades elementales en otras personas. Un padre educa (o no educa) permanentemente, con el ejemplo.

Urgencia y coherencia.

El tercer sentido es de la urgencia. Sentido de urgencia no significa aceleración, ni siquiera prisa o atolondramiento. La urgencia viene de la necesidad de hacer un buen uso del tiempo. No podemos demorar las decisiones que hacen a la educación de nuestros hijos. Ellos nos necesitan hoy. Mañana puede ser tarde. El tiempo es un tesoro que cuando lo perdemos no lo podemos recuperar más. Este sentido nos debe llevar a ser más reflexivos y prudentes, para ser más eficientes.

En cuarto lugar, ubicamos al sentido común. Dicen que el sentido común no es el más común de los sentidos. Y nosotros, a veces, nos encargamos de confirmarlo.

Poner sentido común significa ser conscientes de que los padres somos personas normales, con defectos y con ganas de ser mejores, que cometemos errores y queremos repararlos. Que nos observan; que ante un error nuestro, aprenden más si sabemos pedir perdón que si perdemos una hora en el intento vano de justificarnos.

Que necesitan ser escuchados en lugar de estar siempre recibiendo sermones. Que somos agradecidos, que sabemos darles encargos razonables para las edades que tienen, que sabemos pedir consejo -¡qué importante es para esto un fluido diálogo conyugal!–; que, cuando es necesario, ponemos penitencias formativas; que somos grandes amigos de nuestros hijos.

Sentido común es aprender a ver las cosas que les pasan a los chicos a través de sus ojos, para aconsejar, corregir o apoyar, a la altura de sus posibilidades.

Siempre con humor.

El sentido del humor tiene que ver con esa capacidad de afrontar estos desafíos con alegría, para que en nuestros hogares realmente se la pase muy bien. Tiene que ver con el optimismo, el espíritu deportivo, la visión positiva de las cosas. No significa carcajada permanente, ni necesariamente payasadas.

Seguramente encontraremos en el camino dificultades, sufrimientos, penas, pero por sobre todo debe reinar ese ambiente de genuina felicidad, fruto de una unidad familiar inquebrantable.

Se debe notar que en casa es donde mejor se está. Afrontar las cosas con sentido del humor nos va a ayudar a ser cada vez más amigos de los nuestros. Con permanente cara de ogro y pesimismo nunca seremos un buen ejemplo, ni mucho menos los ídolos que nuestros hijos quieren ver en nosotros.

El sentido del humor en casa debe ser un elemento distintivo excluyente. Santo Tomás Moro, decía que “cuando aprendas a reírte de ti mismo, nunca dejarás de divertirte”.

Creo que el desafío de los padres, en esta sociedad tan necesitada, es saber educar en el respeto y en el espíritu de servicio.

Quizá tener presentes estos cinco sentidos pueda ayudarnos.

(El autor es profesor de la Universidad Austral)

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